domingo, 7 de febrero de 2010

POLÍTICA POR INTELECTUALES

ENTREVISTA A SAMUEL CABANCHIK Por Jorge Fontevecchia

—¿De qué sirve en la política ser profesor de Filosofía contemporánea, Filosofía del lenguaje y Fundamentos de filosofía?
—Me sirve para adoptar un punto de vista pretendidamente equilibrado entre lo reflexivo y lo activo. Para no mimetizarse con el entorno ni estar desapegado. Formar parte y sin embargo tener un punto de vista crítico.
—¿Los políticos están ensimismados y pierden la distancia necesaria para mirar con cierto grado de objetividad su actividad?
—Sí. En general tienden a estar como en un escenario, en el centro de la escena y a pelearse por ese lugar. El rating también domina los comportamientos más espontáneos de la dirigencia política.
—¿Se podría hacer realidad en la Argentina la idea platónica del rey filósofo?
—Así como fue concebida, lo veo muy difícil. Somos bastante débiles como sociedad. Tenemos al mismo tiempo un enorme potencial virulento y de invención individualista, de corrimiento hacia los extremos de la anarquía o de la sumisión más sumisa.
—Usted escribió que “en el argentino convive sin vincularse coherentemente el individualista y el corporativista. El primero es celoso de sus derechos, incluso altivo, orgulloso de ser argentino en tiempos no muy remotos. El segundo, en cambio, es indiferente al estado de derecho. Suele pedir ‘mano dura’ y permanece pasivo de cara a la solidaridad y a la responsabilidad con los asuntos públicos, convirtiéndose en un instrumento dócil del poder corporativo, mientras se beneficie personalmente con ello”.
—Las grandes expresiones políticas de la historia argentina expresan esa bipartición o polaridad entre peronismo y antiperonismo. En el peronismo conviven, también, ambas expresiones. Y según predominen la una o la otra, será el resultado. El peronismo es la expresión política más acabada de esa tendencia al corporativismo en la Argentina.
—¿El individualista sería el no peronista?
—El individualismo no ha encontrado muy bien su expresión política en la Argentina. Tal vez un liberalismo maduro, equilibrado, expresaría cierto individualismo. Pero pareciera que el individualismo se expresa a veces en la Argentina como la antipolítica. Convive con el autoritarismo más feroz, como fue en la dictadura. Alguien puede pretender estar refugiado en su individualismo y sin embargo estar sometido a una feroz dictadura. Falta, quizás, una expresión que respete mejor el individualismo.
—Para Platón, había que dedicarse a la política recién en la madurez, que la situaba en los 50 años. Usted asumió como senador prácticamente a esa edad, a los 49 años. ¿Siguió su consejo?
—La vida siguió el concepto de Platón.
—¿Y es eficaz la metáfora platónica de que el Estado es como un barco y su conductor es como su capitán?
—Es bastante buena, tiene muchas resonancias. Un navío en tránsito necesita un conductor que tenga un saber técnico. Debe tener incorporado completamente su mando. Es la posición que debe tener el decididor máximo en una estructura política. No puede seguir un manual de instrucciones. No todo depende de él y de su tripulación, porque está expuesto a las fuerzas de la naturaleza. El tema de la fragilidad, el tema de que la vida y la muerte dependen en ese momento de la perfección con que se ejerza lo que se debe hacer.
—Mucho respeto por la contingencia.
—Mucho.
—¿Hacen falta conocimientos, como creía Sócrates, para hacer el bien?
—Toda la tradición socrática o platónica asocia la ética al conocimiento. Yo tengo dudas, y también tengo dudas de la corrección de la asociación platónica entre poder y saber. El rey filósofo es el que más sabe, debe ser el que más puede, por decirlo así. Eso cambió desde la Modernidad. Al conductor del Estado hobbesiano no le importa saber. Así que es dudoso que el saber juegue un papel tan central en el ejercicio del poder.
—¿Cuál sería el aporte suyo, el de un filósofo en el Senado, sino el de reconciliar bien y saber, y saber y poder?
—Creo en el equilibrio, tanto concebido en términos de Platón, como de Aristóteles o de Spinoza. El equilibrio en el que el bien, o la práctica ética, y el conocimiento armonizan espontáneamente. El conocimiento debiera ser inmanente al bien y viceversa. Pero muchas veces están divorciados en la vida. Hay personas que son prácticamente la encarnación del súmmum del bien y son ignorantes; hay personas muy ilustradas que pueden llegar a ser hasta perversas.
—Los perversos son los que gozan con el mal; a la mayoría restante que gana haciendo trampa, ¿no le gustaría ganar sin necesidad de hacer trampa, pero sus ambiciones son tan superiores a sus capacidades que necesita apelar al mal porque ignora cómo hacerlo de otra forma?
—Claro. Es patológico cuando el goce está en haber hecho trampa.
—¿A Kirchner lo definiría como patológico o como quien no tiene conocimiento suficiente para estar a la altura de sus ambiciones?
—El Kirchner público es totalmente psicopático porque se empeña en batallas que nos ponen siempre a todos los argentinos como si estuviéramos frente a que el barco se va a hundir. Es un conductor que busca la tormenta en lugar de alejarnos de ella. Busca la tormenta no porque sea el camino más corto para llegar al puerto deseado, sino solamente para gozar de la tormenta.
—¿Goza con la trampa?
—Con desafíos insensatos. El goce está en mantener la tormenta en actividad para con toda la tripulación y con él mismo dentro de ella. No sé si lo hace por ignorancia.
—Platón creía que los gobernantes debían ser personas desligadas del dinero, las propiedades y “las aficiones superfluas”. “Un mercader que busca siempre la oportunidad para realizar negocios y acumular riquezas no puede ser el encargado de gobernar”, decía. ¿Hoy en día prevalece la idea opuesta? ¿Personas como Macri o De Narváez son consideradas por la sociedad como más aptas porque tienen capacidad para hacer dinero?
—Corregiría mínimamente ese pensamiento de Platón diciendo que no es tanto si se tiene o no dinero, sino qué relación se tiene con él. Hay personas que tienen mucho dinero y viven con mucha sencillez, como si no lo tuvieran. El problema argentino, y de muchos políticos argentinos, es la avidez que motiva sus actos cotidianamente. Es ávido quien no tiene y puede ser ávido el que tiene. No tiene tanto que ver con ser rico o no serlo, sino con haber puesto eso como valor deseado.
—Usted criticó a Néstor Kirchner por la compra de los dos millones de dólares. ¿Se podría decir que por su amplio patrimonio también Kirchner es percibido como rico al estilo de Macri o De Narváez y por eso en su momento también fue valorado?
—Tal vez sí.
—¿No es valorado, para una parte significativa de la población argentina, que la persona sepa hacer dinero? No que lo tenga, lo herede, sino que sepa hacerlo.
—Que sepa hacer dinero, que sepa triunfar, ser exitoso. El exitismo de la sociedad argentina es apabullante. Somos presa del exitismo. Por eso, tal vez el rating es el motor y la razón del movimiento público.
—El rating sería una simbología sustitutiva del dinero.
—O están asociados. Ambos son motores. El dinero es fundamental, pero también podría ser sustituido por el éxito.
—¿Conoció a Carrió dos o tres años antes de ser su candidato?
—Sí, en 2003 o 2004, cuando el comienzo del Hanna Arendt. Mi amiga Diana Maffia, bien amiga de ella, fue convocada por Elisa para reunir gente para Hanna Arendt. Y ahí empezamos a reunirnos, a buscar el nombre, a hacer el instituto.
—¿Qué cree que la impulsó, conociéndolo tan poco, a ofrecerle que fuera candidato de lo más importante que tenía en su proyecto político, que era una senaduría?
—No lo sé. Por un lado, debe haber visto que yo podía ejercer este rol de una manera adecuada para sus aspiraciones acerca de lo que debe ser un senador nacional. Esa motivación racional y objetiva de las cosas es un motor de las acciones de Elisa Carrió. Y puede haber otros cálculos: a veces poner a alguien es poder no poner a otro. Esta sería una motivación práctica o utilitaria. Incorporando personas que no son de ningún riñón, uno puede aspirar a tener una relación como la que suele entablar Carrió en la construcción de su poder personal. Digamos que se trata de un vínculo “radial” con las personas, uno a uno. Es más fácil si las personas no surgen de un colectivo previamente dado, como sería mi caso. Cuando Carrió me propone participar más allá de dar clases o aportar ideas, me pregunta si estoy dispuesto a exponerme. Yo le digo que sí, que estoy dispuesto a poner el cuerpo en lo que sea necesario para esta construcción, la Coalición Cívica, y me encarga coordinar la plataforma electoral. Todo ese desbarajuste que implica hacer una plataforma seriamente es lo que me tocó hacer a mí, casi solo, sin ninguna pretensión de ser puesto en ningún cargo, y sin ninguna promesa de parte de Elisa Carrió. Pienso que ella también habrá valorado eso. El día anterior al cierre de listas, me propuso ser candidato a diputado. No me acuerdo bien en qué lugar, supongamos en el cuarto, y le dije que no. Entonces me dijo que por qué no consideraba ser primer suplente en la lista de senadores. Y le dije: “No, Elisa, yo ya estoy conforme con haber colaborado de esta manera”. Y ahí es cuando me dice: “¿Pero por qué? Incluso podrías estar de segundo titular en la lista de senadores”. Y le dije: “Dejámelo pensar”. Porque ya no podía decirle otra vez que no en esta conversación que teníamos. Razoné y me pareció que era una salida honorable, como fin del trabajo, estar en la lista de senadores.
—Y un año y medio después de asumir como senador, rompe con Carrió. ¿Por qué?
—Di por agotadas las posibilidades de contribuir dentro del espacio de lo que era entonces la Coalición Cívica. Porque no tenía ningún espacio. Es un grupo que se cierra mucho sobre sí mismo, que no cuida a la gente, que no crece con la gente que se incorpora al proyecto. Era muy difícil para cualquiera, y lo prueba el devenir de las cosas, porque no es que haya otras personas que se sumaron al espacio y que hoy contribuyan de un modo decisivo a las políticas de la Coalición Cívica.
—¿A qué atribuye la repetición de casos similares con otros legisladores como los de Tierra del Fuego o la propia gobernadora; u Olivera, que ahora volvió al radicalismo, o Stolbizer o Macaluse?
—Es el modo en que Elisa Carrió puede y quiere hacer política. Elisa es muy valiosa. Ha contribuido a elevar el nivel de la política en la Argentina. Pero me parece que no es una persona que construye poder colectivo, aun cuando ella se pusiera en el lugar de la conducción de ese poder colectivo. Su poder es un poder personal que recae sobre su propia subjetividad. Eso no tiene espacio para compartir. Ya que hemos pasado por la palabra goce, por la palabra psicopatología, si hemos rozado algo la aplicación del psicoanálisis a este tipo de cuestiones, podemos aplicarlo también a este caso. De una manera muy prudente y ecuánime, al decir que hay una relación que uno tiene con la castración o con la falta, como se dice en el lenguaje psicoanalítico. Y es muy notable que muchas veces, no siempre, Elisa Carrió encuentre sus posibilidades de desarrollo político diferenciándose de casi todos o poniéndose en contra de casi todos. Eso hace que no sea el instrumento de una construcción colectiva que pueda ser mayoría, porque justamente se está diferenciando y encuentra la motivación de su acción política en ello. Incluso en una situación como el fallecimiento de Alfonsín… Se puede decir que no quiso usar la muerte de nadie para robar cámara. Pero eso puede encubrir que no quiero ser “uno más” de los que lloran ante ese cadáver. Fue, pero estuvo más bien en la sombra, no formó parte de un conjunto que lloró conjuntamente.
—¿Cuál es la relación de Carrió con la castración?
—Sería tener que provocar siempre la falta, porque se le completa algo. Ella tiene que descompletar constantemente lo que encuentra completo. Eso completo es “fobígeno”, insoportable. Entonces hay que escapar de ello descompletándolo con uno mismo. Ella se resta de un todo que se arma previamente, y que ella sostiene como todo.
—¿Habló alguna vez con ella de esto?
—No, pero me encantaría. Yo la quiero a Carrió.
—Macaluse acusó a Lilita de integrar una secta, ¿esa definición es incorrecta?
—Totalmente incorrecta. Es lo contrario a lo que estoy diciendo. Expliquémoslo del lado humorístico ahora. Lilita es un excelente ejemplo de aquel chiste de Groucho Marx que hace suyo Woody Allen: “Nunca podría ser miembro de un club que me tenga como miembro”. Pero la diferencia es que si le hace el giro humorístico, ya empieza a ser miembro del club. Si se ríe de usted mismo de esa manera, se da cuenta de que no puede estar en esa posición. Y tiene que ser parte de algo que nunca es un todo.
—¿Ud. acusó a Carrió de discriminar a los hombres? ¿Cómo es eso?
—No es que ella discrimine a los hombres: es parte de su subjetividad. Ella ha sido pública con esos temas. En una oportunidad, dijo que ella nunca iba a criticar a una mujer. Por eso no criticaba a Cristina y sí a Néstor. Eso ya es una decisión dogmática que pasa por el género un comportamiento político. Cuando fue la presentación del Acuerdo Cívico y Social, del radicalismo y la Coalición Cívica, en el Gran Rex dijo: “Los radicales aportan los hombres y nosotras, las mujeres”. No sé cómo se habrán sentido todos aquellos que son de nuestro género y conformaban en ese momento la lista. Creo que eso señala algo que es muy profundo en Elisa, en su propia posición. Cuando estuvo muy arrinconada en el juicio que tuvo que padecer, y que por suerte ganó, en un momento muy duro para ella, una de las cosas que dijo, y estábamos en la campaña, fue: “Yo no tengo problema de ir presa. La Biblia y yo. Ella y yo nos bastamos. Además, para los hombres que hay afuera, qué más”. Ahí se fusionan muchas cosas. Lo místico, la cuestión de género, y eso fue un momento muy auténtico de su subjetividad. Porque fue un momento en que ella estaba padeciendo y creía que podía ocurrir. Eso muestra también su valentía, su entereza, todo lo positivo que hay.
—“Nosotros le aportamos las mujeres…”, pero luego elige candidatos bien parecidos. Adrián Pérez, Prat-Gay y en su momento, con diez años menos, Olivera. Todos hombres con arrastre con las mujeres. ¿Hay algo sintomático en esto?
—Sí. En ese caso hay perfiles que son compatibles con ese posicionamiento de diferencia de género que realiza. Jóvenes por un lado, y sobre todo si de alguna manera se han criado políticamente con ella, como es el caso de Adrián. Y si no, hombres que a lo mejor tienen… Enrique (Olivera) tiene esa pinta de porteño que ella muchas veces alaba, pero no deja de ser un hombre que no ejerce agresivamente la política.
—¿Dócil?
—Dócil es un poco fuerte. En todo caso, concesivos o suaves.
—¿Ese feminismo militante hace lo opuesto que el machismo, y busca al hombre-objeto, estilo muñeco o granadero, que sea más continente que contenido?
—Sí, me siento identificado con esa imagen aplicada a ella.
—¿Eso explica un partido de mujeres con hombres lindos?
—Claro. Independientemente de los valores que puedan tener, tanto las mujeres como esos hombres.
—Hizo una comparación entre Carrió y Oscar Alende, a quien su envidia por el triunfo de Alfonsín, ocupando su mismo espacio político, lo hizo ser un crítico furibundo del líder radical, cuando por las ideas que implementaba debería haber sido su aliado, y así dilapidó el millón de votos que había obtenido en las urnas. Dijo que es la consecuencia de los personalismos. ¿La Coalición Cívica puede desaparecer como el Partido Intransigente?
—Efectivamente, la amenaza o el riesgo existen… Y ya que tocamos el tema, yo voté a Oscar Alende en el 83. Y me decepcionó profundamente cuando fue tremendamente destructivo. Hago extensivo esto a mucho “progresismo” de la Argentina que le pegaba a Alfonsín como si fuera el horror mismo. Por ejemplo, recuerdo las notas de Eduardo Aliverti en Página/12, que decía que Alfonsín era peor que Videla, más o menos. Eso demuestra la patología sociopolítica autodestructiva de la Argentina. Bueno, Alende fue parte de eso, por eso me decepcionó profundamente.
—¿Es comparable lo de Alende con Alfonsín con lo que le sucedía a Lilita con Kirchner, quien implementó varias de las propuestas de Carrió, como la derogación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, y le “cooptó” dirigentes?
—Tal vez algo. Pero hay diferencias importantes. Lo que Elisa repudia de lo que Kirchner representa está asociado al tema de la corrupción, de lo antirrepublicano. ¿Qué contraste auténtico podría establecer Alende con Alfonsín por aquel entonces? Eran todas semejanzas. Mientras que hay un contraste auténtico que Carrió puede establecer con Kirchner, que tiene que ver con esto de la corrupción y lo antirrepublicano.
—Roger-Gérard Schwartzenberg escribió en “El estado espectáculo” que la política se representa hoy con la misma lógica del teatro, el cine o la televisión. Pero, al asumirse esa misma lógica, corre sus mismos riesgos, que es que el mayor pecado es aburrir. ¿Puede ser que la pérdida de aprobación de Carrió sea el resultado de lo mismo con que cautivó a la audiencia, su estilo rebelde y frontal, que por la lógica del espectáculo, al repetirse cansa y aburre?
—Totalmente. Agregando que eso, evidentemente, nos cabe a todos en el sentido de que si la lógica de la construcción de la política en la Argentina es video-política, es más mediática, va a pasarle a cualquiera. Bastó que De la Rúa diga “dicen que soy aburrido” para que convirtiera lo negativo en positivo.
—El teorema de Baglini prescribe que cuanto más cerca del poder se encuentra un dirigente, más racional se vuelve; y cuanto más lejos, más principista e intransigente. Ahora Carrió salió a criticar a Binner acusándolo de rendirse a la caja de Kirchner. Lo mismo había sucedido con Fernanda Ríos, la gobernadora de Tierra del Fuego. ¿Se podría decir que al no asumir responsabilidades ejecutivas, Carrió puede darse el lujo de criticar sin consecuencias, mientras que sus propios candidatos, al ser elegidos, deben tener una postura más concesiva con el Gobierno nacional para construir gobernabilidad?
—Efectivamente, cuanto más cerca se está del poder la racionalidad tiene que aumentar. Tienen que aumentar el cálculo, la prudencia, los equilibrios, el negociar principios, porque hay que acordar cosas, tolerar. Si se trata de razones: sí, de acuerdo con el teorema de Baglini. Y en ese caso se aplicaría perfectamente a la situación de Carrió. El problema lo veo en la posición de ser juez absoluto, de lo correcto e incorrecto de cada conducta de cada dirigente…
—La dueña del canon.
—Claro. Yo creo que eso es un problema porque no puede sostenerse. ¿Es mejor o peor Binner que Felipe Solá? Es insensato pensar que es mejor o peor. Son diferentes, cada uno aporta lo suyo. Por dar dos ejemplos cualesquiera. Cobos parecería el enemigo público número 1, ¿pero es peor que Kirchner? ¿Con relación a qué sería mejor o peor? ¿A la competencia? Seguramente Carrió pudo haber sido jefa de Gobierno. Y ella lo sabe. Pero no quiso. Tal vez no quiso por eso, es coherente. El mantener la pureza de ese canon requiere no ocupar espacios de poder y no comprometerse con ser parte de esto.
—Desde dentro de la Coalición Cívica usted se opuso a que Prat-Gay encabezara las listas de diputados en la última elección. Sostuvo que Carrió debía hacerlo. Tras el resultado, ¿cuál es su evaluación?
—Mi posición era que Elisa Carrió debía exponerse de la mejor manera posible, o no exponerse. Es decir: no formar parte de la lista para preservarse como candidata presidencial, o encabezar. No veía nada sensato en que fuera tercera en una lista.
—¿A qué atribuye que haya salido tercera cuando dos años antes salió primera?
—A varias cosas. Una es que, al haber ido ella tercera, le hizo perder fuerza a la propuesta. No había una confrontación Michetti-Carrió-Solanas. Después el desgaste en el medio, una campaña un tanto errática. La falta de claridad en el mensaje y en lo ideológico también. El factor novedad y aburrimiento del que hablaba antes. Solanas apareció ahora como un factor de la novedad, al que le puede pasar lo mismo con cualquier otro. Michetti misma, que entró en caída libre, fue a los votos de Solanas en lugar de volver a los votos de Carrió. El electorado de la Ciudad de Buenos Aires es poco fiel, digamos.
—¿No simbolizaba también Prat-Gay el factor novedad?
—Pudo haber sido pero, lamentablemente, ahí viene la cuestión destructiva. Prat-Gay es un hombre con muchas condiciones, lo era entonces y lo es ahora. Pero Elisa Carrió, tratando de hacer humor tal vez, pero un humor peligroso, decía: “¿Usted vio en las fotos qué lindo sale, junto con Gilabert y conmigo, que parecemos los padres?”. Lo reducía a ser “el hijo de”, a ser el nene. Es decir, lo debilitaba. Provoca como efecto en el votante una especie de debilitamiento de la figura que encabeza. Porque no encabeza si es el hijo de los otros. Y hoy no lo han preservado a Prat-Gay. Era el mejor escenario para él, en esta bicameral, porque él fue presidente del Banco Central, y un presidente valorado. Es un hombre conocedor del tema, alguien al que había que dejarlo lucirse y no aceptar que la prensa dijera que lo estaban obligando a votar tal o cual cosa. ¿Qué mensaje se transmitió al respecto? “Más allá de lo que él crea o piense, tiene una obligación que cumplir, y la obligación que cumplir le decimos nosotros cuál es”. Ese “nosotros” está dicho por Carrió y su mesa chica, por decirlo así.
—¿Los hombres “suaves” a los que se refirió anteriormente?
—Es algo que nunca le vi hacer ni con Patricia Bullrich, ni con Margarita Stolbizer. Incluso el distanciamiento con Margarita Stolbizer se da con otra dinámica. Como más entre iguales.
—Usted rompió con Carrió, pero no con el Acuerdo Cívico y Social, concretamente con Julio Cobos. ¿Es así?
—Parcialmente. No rompí con el Acuerdo Cívico y Social porque eso estaba recientemente conformado y es una expectativa aún vigente. A diez días de la elección me parecía que era muy importante decirle al electorado: “Yo no me moví del lugar en donde estoy, de la identidad que intento representar, que Elisa Carrió vio que yo representaba o podía representar”. Obviamente, sigo allí. Y ese “allí” era el Acuerdo Cívico y Social en ese momento. Hoy ya no lo sé tanto por su debilitamiento. No pensé en Cobos con relación a esta situación (en julio de 2009). Como se había alejado del radicalismo y el radicalismo es el componente central del Acuerdo Cívico y Social, Cobos estaba lejos del Acuerdo Cívico y Social. Ha venido deviniendo eso en la medida en que el radicalismo dice: “Bueno, podés volver en ciertas condiciones”. Y Cobos dice: “Quiero volver en ciertas condiciones”. Y empieza a haber un acercamiento entre el radicalismo y Cobos.
—Sí, como se sospecha, Carrió quisiera romper el Acuerdo Cívico, ¿podría ser porque teme ser derrotada en una interna con Cobos?
—Esa explicación es razonable. Pero la amenaza a la posibilidad del Acuerdo Cívico y Social como una alternativa seria de una nueva mayoría para las próximas elecciones no veo que provenga necesariamente, o exclusivamente, de Carrió. Hay un problema de cohesión interna, de que no se avanza en ella seriamente y porque no se toman decisiones que me parecen fáciles de tomar. Primero, construir una mesa chica de conducción colegiada entre los referentes que deben contar en ese espacio y que le dan identidad. Y en segundo término, tener grupos de cuadros técnicos que conformen ya una masa crítica de ideas y de compromisos únicos.
—¿No puede haber Acuerdo Cívico si están todos en desacuerdo?
—El Acuerdo Cívico es un desacuerdo, están en desacuerdo en casi todo: Aerolíneas, AFJP, asesorar o no por lo del Bicentenario. Incluso entre la UCR y Cobos hay desacuerdo por Redrado. —¿Hizo bien Cobos en votar como lo hizo en el caso de los fondos del Bicentenario?
—Me cuesta decir si hizo bien o no. Ya en el baile, había dos posibilidades para Cobos. O no dar el consejo, tomando la renuncia de Redrado como definitiva y listo, o dar este consejo de que no había objeciones para que Redrado deje de estar al frente del Banco Central. En el contexto político actual de tanto desgaste entre Presidenta y vicepresidente, creo que hubiera sido peor...
—Carrió, junto al peronismo disidente, salió a pedir una comisión que investigue las responsabilidades del Banco Central en los últimos años como copartícipes de las políticas inflacionarias y la manipulación del INDEC. ¿No hay una contradicción en criticar a Cobos por haber votado a favor de la destitución de Redrado por lo mismo que se reclama investigar al Central? ¿El fin es hacer ruido y mostrar beligerancia para ganar espacio mediático?
—Es incongruente estar sosteniendo ambas cosas. Tenemos que investigar lo que hizo Redrado, porque sospechamos que hizo todo mal. Pero no había que destituirlo. Es consecuencia de la debilidad de la política en la Argentina, que a su vez lo es de la debilidad de la sociedad. Tenemos que encontrar resortes distintos para construir política, porque si no, vamos a estar resumidos en los narcisismos, en el efecto inmediato, más mediático.
—¿La sinceridad no se encuentra dentro de las virtudes políticas?
—No. Hay una opacidad muy grande en los comportamientos. En general hablamos del político medio, por lo menos argentino, que es con el que me toca compartir un espacio.
—¿Carrió odia a Cobos más que a Kirchner?
—En esta coyuntura parecería que el adversario fundamental a vencer por parte de Carrió es Cobos. Como cuando le pareció que Menem era el adversario a vencer, y para la segunda vuelta estaba dispuesta a apoyar a Kirchner en la elección de 2003. En contra de sus convicciones más profundas, le parecía el mal menor.
—Usted fue afiliado radical antes de entrar a la Coalición Cívica. Con esa experiencia, ¿cuál es el grado de afinidades del “panradicalismo”: los propios radicales, los cobistas, la Coalición Cívica y Carrió?
—Si el radicalismo se vuelve algo similar al peronismo, que ya no importe demasiado de dónde uno viene, que no importen demasiado las políticas que se sostienen, sino que lo único que importe sea la capacidad de llegar al poder y tenerlo, perfectamente es factible que todo eso se reúna de nuevo. Si ésa va a ser la lógica de la construcción del panradicalismo, bueno, vamos a tener dos versiones de lo mismo. Llámese peronismo o radicalismo.
—En su carta del 8 de julio, cuando se fue de la Coalición Cívica, dijo que había una pérdida de identidad. Si todos vuelven al radicalismo, ¿eso reforzaría la identidad?
—Si se vuelve para conformar nuevamente una fuerza política, que intente al mismo tiempo aceptar que se quiere el poder y que se debe preparar para ello y se debe sostenerlo con cohesión, no traicionándose a sí mismo a cada paso, como lo hizo el gobierno de De la Rúa, y está también una coherencia doctrinaria, que el radicalismo siempre celebró y al peronismo nunca le importó demasiado, entonces sí puede que haya un panradicalismo o un nuevo radicalismo fortalecido.
—Así como el radicalismo se fragmentó, ¿puede suceder que se fragmente ahora el peronismo y que dentro de un año o dos no tengamos un solo peronismo, sino un peronismo kirchnerista, o uno no kirchnerista?
—Puede ocurrir y sería muy bueno para la Argentina que no haya bajo el nombre ni de peronismo ni de radicalismo una máquina para alcanzar y conservar el poder. Creo que el peronismo está dejando de serlo porque agotó esa dinámica y se fragmenta. Pero que el radicalismo vaya a ese lugar, no lo creo factible del todo.
—Otro teorema como el de Baglini. No es una cuestión ideológica, si se está a punto de alcanzar el poder el radicalismo se peroniza, si se está a punto de perder, el peronismo se radicaliza. Si se está cerca del éxito electoral, se armoniza, concilia porque vale la pena. Si hay fracaso, ¿para qué se va a conciliar?
—Comparto, y no me parece una característica negativa de la política.
—Lo escuché usar el “ser y tener” de Sartre para definir al radicalismo como ser y al peronismo como tener. ¿Por qué?
—Sartre dijo en la cuarta parte de El ser y la nada: “Tener, ser y hacer son las tres categorías fundamentales del ser humano”. Supongamos que todos tenemos un proyecto de ser, aunque vaya al fracaso, como pensaba Sartre que debía ser siempre. Eso forma parte de la condición de nuestro hacer y también de nuestro tener. La cuestión es qué relación uno sostiene con cada una de esas categorías de nuestra condición. Ahora supongamos la categoría del tener y el poder, el tener también es poseer y es también poder sobre lo que se posee. Así que podríamos decir que es aplicable ese análisis, en términos del tener, a la situación política.
—¿Al peronismo, dice?
—Por ejemplo al peronismo. Yo creo que el peronismo no es. Los peronistas mismos lo dicen casi con humor: “Usted como no es peronista no sabe lo que es ser peronista”. Eso muestra que el peronismo no es, que sólo tiene. No le importa ser cualquier cosa, que es lo mismo que “no ser”, con tal de tener. Y el hacer está subordinado al tener. ¿Tener qué? Tener poder y acrecentarlo. El peronismo simboliza eso en la Argentina, y es esa parte corporativista de buscar cualquier camino y cualquier ventaja en contra de los demás, que le atribuyo también al argentino medio. Frente a ese predominio del tener, expresado por ese peronismo, podemos tener en el radicalismo una situación ambigua o de falta de decisión. El radicalismo también quiere tener, como es normal cuando uno busca el poder. Sólo que quiere tener, pero quiere parecer ser. Quiere mostrar que es diferente, que no quiere tener a cualquier precio, y que quiere ser el ser de lo republicano, el ser de lo bueno. Quiere unir, diríamos, el poder por el poder mismo y los valores de la buena política, que normalmente pueden asociarse a la tolerancia o la impotencia. Es decir, tiene más bien ser, o parecer ser, pero en su fondo busca el tener. Es más compleja la situación del radicalismo.
—¿Más neurótica?
—Pero también en ese sentido ha debido ser un contrapeso necesario del peronismo, que librado a su propia suerte no se diferencia demasiado de un vaciamiento completo de los contenidos. Y eso es peligroso porque es un instrumento de cualquier cosa, en última instancia. Y luego tendría un capítulo para los que sólo son. Ni hacen ni tienen. Lo que nos falta desarrollar es una expresión política fuerte del hacer, de la transformación, del proyecto frente al tener y frente al ser. Eso debería ser la izquierda, pero la izquierda argentina se ha reducido a ser y sólo ser. Ser puros, estar siempre al margen de todo compromiso, no aceptar ningún realismo. Ser como una especie de encarnación de los principios más abstractos que a uno se le ocurran. No están asociados a ninguna praxis. ¿Qué sentido tiene que su única praxis sea la de ser fuerza de choque en cualquier manifestación? Eso no es hacer trabajo de transformación con la sociedad y para la sociedad. Yo diría que la izquierda argentina peca de ser contra hacer y tener. El peronismo, de tener contra hacer y ser. Y el radicalismo, con esa complejidad neurótica de no tener, de parecer ser.
—Usted hizo comparaciones de los políticos actuales con Rosas, San Martín, Sarmiento. ¿Cómo es eso?
—Una comparación que me gusta mucho es la que recupera Héctor Alvarez Murena, un gran ensayista argentino, un hombre muy talentoso: Sarmiento, a diferencia de Rosas y de San Martín. San Martín es el Santo de la Espada, el que toma una distancia tal que para mantener su pureza no se mezcla en las cosas públicas argentinas. Entonces San Martín es el ser. Rosas es el tener, y a cualquier precio, y no le importa profundizarse en el mal, se mimetiza con el mal. Sarmiento, dice Murena, se sabía un caudillo, se sabía parte del mal, teniendo en cuenta que en algún sentido el caudillismo argentino era expresión de ese mal, pero había tomado un vuelo diferente, y supo encontrar la trascendencia a su propio mal, aceptándolo al convertirse en hombre de Estado y al tratar de proyectar a través de su acción como presidente y hombre público, además de un hombre de ideas. Tuvo los males que son achacables a Sarmiento, pero el camino no puede ser creerse el bien al margen de todo mal, ni gozar siendo parte del mal. El camino tiene que ser reconocer el mal para trascenderlo. Transcenderlo es el bien que nos es dado a los seres humanos, a seres tan complejos, materiales y contradictorios como somos.
—¿Sarmiento es hacer?
—Sarmiento sería la posibilidad de un hacer que admite que es parte de un problema y no sólo de una solución.
—¿Qué políticos actuales se identifican con Rosas, San Martín y Sarmiento?
—Elisa Carrió tiene la ventaja de ser una figura bastante transparente. Por jugada, por comprometida. Podríamos decir que aborrece el tener, pero hay algo fobígeno en ella respecto del ser. Hay un hacer, pero como es fóbico del ser, es un hacer que debe permanecer constantemente renovado, debe volver a cero cada vez. El radicalismo fue una oportunidad para su hacer y luego vino el ARI, que fue otra oportunidad. Cuando se acerca al ser, que es una parte del tener (hay que ser para tener), hay una renuncia, entonces el ARI se convirtió en Coalición Cívica. Ahora la Coalición Cívica se convirtió en ARI-Coalición Cívica. O sea, tengo que volver a cero cada vez para hacer, sin ser y sin tener. Este es un buen ejemplo. Más cerca de San Martín, en el otro extremo de Rosas, pero todavía no Sarmiento. Ojalá Elisa Carrió sea el Sarmiento que necesitamos.
—¿Y Cobos?
—No lo conozco tanto porque no se expone mucho. Cuando se exponga más podremos decirlo con más certeza. Hoy día yo diría que Cobos es una figura que quiere tener sin que se note que tiene. Quizá quiere tener sin dejar de ser.
—¿Kirchner?
—Kirchner representa claramente esa lógica del tener todo, más cerca de Rosas.
—¿Y Macri?
—No me da tampoco una imagen muy clara de cómo clasificarlo. No lo veo muy comprometido para ser transformador de ninguna clase. Me parece que no se transformó a sí mismo en un dirigente político del todo. Es un hombre de negocios que llega a la esfera pública a través del paso por Boca. Pero no deja de ser más bien un empresario, al que le cabe querer tener, como a cualquier empresario. Pero no me es muy claro en la política.
—Usted recicla para su último libro, “El abandono del mundo”, la idea de “la máquina de experiencias” de Robert Nozick. ¿Es la política la quintaesencia de una máquina de experiencias? ¿Se acercó a la política con la curiosidad de tocar ese núcleo duro?
—Tal vez inconscientemente. La máquina tiene su atractivo. Ser un filósofo en el siglo XXI, en un país como la Argentina está bien si uno no quiere ser más que un instrumento de pensamientos muertos que se transmiten sin ninguna vitalidad en un espacio al que a nadie le importa, que pueden ser muchos profesores de filosofía. Si uno no quiere reducirse a eso, lo que tiene que hacer para ser un filósofo auténtico en el mundo de hoy, no sólo en la Argentina, es ser un escéptico o alejarse de la vida pública, como aconsejaba Epicúreo.
—Usted fue más a la visión de los otros griegos para quienes la filosofía debía ser un saber práctico.
—Me comprometí. Creo en eso. Lo que pasa es que a veces, al estar capturados por la máquina de experiencias, se genera la desazón. Que la máquina de experiencias yo la pueda tomar como un momento de placer y de ocio, como prender la tele cada tanto, no está mal, es un recreo que nos damos. Pero que todo sea una máquina de experiencias es muy negativo para la vida, muy empobrecedor. La política está tomada completamente por la máquina.
—Escribió en “El abandono del mundo” que “lo siniestro es un ojo que mira sin mirada”. ¿Hay un ojo que mira sin mirada en Kirchner, en Menem, en todo aquel que busca la política como éxito?
—Sí, pero no es el ojo de él. Es el ojo del que es mirado. En realidad hay un juego raro entre el mirar y el ser mirado. Qué es la mirada. La mirada es una construcción imaginaria en la que uno se pone. Entonces la primera relación que uno tiene con la mirada es ser mirado más que mirar. Si decimos que ese comportamiento típico de la política es algo cómodo a la imagen de lo siniestro, el problema es que son mirados por un ojo que no mira.
—Usted es uno de los especialistas de Sartre en la Argentina, y Sartre fue también periodista y fundador del diario “Libération”. ¿Cree que Sartre habría votado a favor o en contra de la Ley de Medios?
—Habría votado a favor.
—¿Pero usted votó en contra?
—(Risas) Apelé a la libertad sartreana.
—¿Qué opina del enfrentamiento Gobierno-Clarín?
—Es una pelea dentro de lo mismo. Clarín no es para nada un protector del periodismo independiente o la encarnación de la virtud periodística, de la verdad y la transparencia pública. Es una gran empresa periodística que tiene muy buenos productos, y que contiene muy buenos periodistas. Pero Clarín empresa o Clarín decisor político es parte del problema, no de la solución. Sólo que el modo en que el kirchnerismo da esas batallas que pretende librar es tan torcido que termina siendo peor el remedio que la enfermedad. Porque a ese emplazamiento de máquinas de experiencias que puede ser un gran multimedio responde queriendo ser él eso con un grado de fascinación. Quizá es el ojo desde el cual se mira o en el cual se mira, y a lo mejor, en ese momento su fascinación es Magnetto. Seguramente, se fascinarán mutuamente.
—¿Con Kirchner?
—Con Kirchner o con cualquiera que tenga la concentración del poder. Porque ahí lo común es esa predominancia dentro de la lógica del poder. Me parece que se redujo a malos términos. Hay contenidos buenos en la Ley de Medios que cuando votamos artículo por artículo algunos yo los voté positivamente. Pero en el contexto y en los términos de batalla, de dicotomía, de enfrentamiento, de enemigo a enemigo que puso Kirchner en la cuestión, yo no podía votar a favor de eso.
—¿Hay algo que no le haya preguntado y quiera decir?
—Un sobreviviente de Auschwitz, que aparece en la película Shoah, de Claude Lanzmann, dice: “Quien quiere vivir está condenado a la esperanza”. Yo lo que les digo a los argentinos y a las argentinas que puedan estar leyendo esto, primero, es que como queremos vivir individual y colectivamente, y como queremos vivir como argentinos, estamos condenados a la esperanza. Pero les pediría que se sumen a convertir esa esperanza en un proyecto. Y que sume cada quien su propio esfuerzo para que haya un proyecto de nación triunfante y que nos contenga por lo menos a la mayoría de las argentinas y los argentinos. Más hacer; ser después como consecuencia, y tener como consecuencia de ese hacer.

El riesgo de un deslizamiento de la democracia al autoritarismo
Por: Guillermo O´ Donnell,
POLITOLOGO. UNSAM Y UNIVERSIDAD DE NOTRE DAME, EE.UU.

El Gobierno atraviesa las consecuencias de una concepción según la cual el presidente puede tomar las decisiones que mejor le parezcan, sin tener que someterse a límites, leyes o controles republicanos. Pero cuando las cosas van mal, los platos rotos los pagamos todos.
La actual situación de nuestro país me mueve a recordar dos hechos importantes. Uno es que las democracias no sólo mueren abruptamente, por un golpe de estado con tanques en la calle y marchas militares; también lo hacen lentamente, mediante el progresivo acotamiento de fundamentales libertades y el sometimiento de instituciones fundamentales del régimen político, hasta que un mal día uno se despierta y encuentra que ha acabado todo remedo de democracia.
El otro hecho es que algunos líderes que comenzaron como "delegativos" terminaron deslizándose al autoritarismo: Fujimori en Perú, Putin en Rusia y hoy Chávez en Venezuela. Los riesgos de muerte lenta y de deslizamiento autoritario son serios en las democracias delegativas, aunque no en todas ellas ha ocurrido. El mérito de un desenlace favorable ha correspondido fundamentalmente a sociedades civiles y políticas suficientemente densas y convencidas del valor intrínseco de la democracia, así como a instituciones estatales que se activaron para poner límites a las propensiones autoritarias. En nuestro país contamos en este sentido con condiciones claramente más favorables de las que aquéllos en los que se produjo ese deslizamiento; pero nuestra situación actual no debe dejar de ocuparnos y preocuparnos.
En escritos recientes he argumentado que nuestro país es un caso de democracia delegativa. Uso este término para diferenciarla del tipo bien conocido, la democracia representativa. La versión delegativa es una peculiar manera de entender y ejercer el poder político: supone que el hecho de su elección da al presidente/a el derecho y deber de decidir lo que mejor parece para el país; para ello toda otra institución representativa o de control es un impedimento que debe ser controlado o colonizado en todo lo que la relación de fuerzas existente permita al presidente. La versión "delegativa" es democrática porque resulta de elecciones razonablemente limpias y porque (aunque con la salvedad del riesgo de deslizamiento autoritario) respeta libertades básicas, tales como las de expresión, asociación y prensa.
Las democracias delegativas suelen surgir de una severa crisis, que provoca un generalizado anhelo de que surja un poder político capaz de resolverla. No siempre surgen democracias delegativas de estas crisis, pero cuando ocurre el presidente que resulta electo se cree y se presenta como un salvador de la patria: él sabe cómo resolver la crisis y reclama que se lo deje gobernar sin trabas. Algunos de estos presidentes (no todos, pero sí Menem y Kirchner) tienen éxito en aliviar la crisis, al menos en sus aspectos más ostensibles. En esta medida logran amplios apoyos y ratifican su convicción de que deben gobernar sin trabas. En este camino, y para recorrerlo, estos presidentes se dedican tesoneramente a subordinar al Congreso y el poder judicial, así como a erosionar la autonomía de fiscalías, contadurías públicas, ombudsman y otras instituciones de control normales en la democracia representativa. Durante este trayecto los autoproclamados salvadores de la patria no cesan de recordar la crisis precedente y amenazar que sin ellos se retornará a una crisis aún peor, de paso condenando a todo y todos que según ellos la provocaron.
Esta manera de gobernar aborrece cualquier control. Las decisiones son abruptas, inconsultas y tomadas con un pequeño círculo de colaboradores a los que se exige lealtad absoluta. Esto lo acaban pagando caro esos presidentes y, más aún y peor, sus países. Se va haciendo manifiesto que estos presidentes son víctimas de sus propios éxitos iniciales: superados los peores aspectos de la crisis, los problemas (viejos y nuevos) que se van planteando son cada vez más complejos. Para resolverlos adecuadamente, esos problemas requerirían instancias institucionalizadas, consultativas y de participación; pero este camino se bloquea debido a la erosión de esas instancias a que se han dedicado estos presidentes, junto con su convicción de que ellas son sólo "máquinas de impedir" que, para peor, suelen hallarse al servicio de siniestros intereses.
La combinación de ese estilo de tomar decisiones con problemas crecientemente complejos es garantía de comisión de gruesos errores. Esto desacredita al presidente/a, quien ve bajar verticalmente su popularidad y no puede dejar de oír críticas que se multiplican desde muy diversos ámbitos y, ya a esa altura, de un Congreso y poder judicial que dan claras señales de querer sacudir su anterior sometimiento (lo que en nuestro caso se ha acentuado marcadamente con el resultado de las elecciones de Junio del año pasado). Es notable que en estas situaciones los presidentes delegativos no retroceden o reconsideran; al contrario, cuando crece la difusión y severidad de las críticas redoblan la apuesta.
¿Por qué se interponen estos obstáculos a quienes dicen -y parecen creer¿ que nos han salvado y, autorizados por ello, reclaman poder seguir decidiendo como mejor les parece, mediante un hiper presidencialismo cada vez más marcado?
A esta altura, la explicación es mentalmente sencilla pero políticamente complicadísima: esto sólo puede deberse a "los oscuros poderes que desde siempre acechan al pueblo" y de los cuales esos presidentes nos salvaron, pero que ahora vuelven a una plena ofensiva. Parte de esta ofensiva es la oposición (toda oposición) y, por supuesto, medios de comunicación que formulan y dan eco a críticas y descontentos. Todo parece una vasta y poderosa conspiración, pústulas que se propagan, frente a la cual sólo cabe, al presidente y su círculo cada vez más reducido de colaboradores, seguir aumentando las apuestas. La polarización entre una patria encarnada por ellos y una antipatria que se manifiesta en crecientes críticas y oposiciones, ya presente en la visión inicial de los presidentes delegativos, se crispa ahora y se expresa en una opción entre "ellos o nosotros", en la que ya no caben siquiera los tibios y los indiferentes. Nuevamente, y más que al comienzo de su gestión, estos presidentes tienen que salvar la patria y el único camino es que se acalle toda voz que no parta de la cima del poder ejecutivo o no lo aclame; como esto no ocurre, la visión conspirativa se realimenta vigorosamente.
Y aquí los hechos comentados al comienzo de esta nota. Cierto, los presidentes delegativos respetan algunas importantes libertades. Pero si cuando la crisis se agudiza hasta llegar a fuertes y generalizadas crispaciones, coartar esas libertades les parece necesario para proseguir su gran causa; diversas extra limitaciones institucionales y legales, así como arbitrariedades en los márgenes de la legalidad se perpetran, porque, al parecer, la necesidad y urgencia de los problemas lo requiere o, simplemente, porque el presidente aduce seguir teniendo el derecho a decidir sin trabas, tal como bien le parece.
Mencioné que las democracias delegativas tienen tendencia a deslizarse hacia el autoritarismo, pero que afortunadamente nuestro país tiene condiciones para impedirlo, de lo que viene dando importantes muestras en los últimos tiempos. Para ello ayudaría recordar los riesgos ínsitos a las democracias delegativas y aprender que a medida que avanzan sus crisis someten a los países a severos costos e incertidumbres.
Por supuesto, queda por ver cómo se desplegarán los diversos factores en juego y, por cierto, cómo se podrán ir encarando muy importantes problemas de políticas públicas y de reformulación institucional durante un período presidencial que, a pesar de ser agudamente delegativo, nos interesa a todos los sectores democráticos que termine normalmente su mandato. En el horizonte de ese desenlace aparece la esperanza de que logremos, de una vez por todas, una democracia representativa.


Santiago Kovadloff: "La calidad institucional en la Argentina es fantasmal"

En una entrevista con lanacion.com, el filósofo dice que el país llega al Bicentenario más cerca del siglo XIX que del siglo XXI, "La legalidad es aparente y la justicia social es una deuda no saldada", sostiene; su visión de los Kirchner y la oposición


http://videos.lanacion.com.ar/video13297-kovadloff-el-bicentenario-invita-a-reconsiderar-muchos-fracasos


José Pablo Feinmann
Revista 2010 de junio
Entrevista con José Pablo Feinmann
"LOS PIES EN EL BARRO DE LA HISTORIA"
Por Maria Ines Pereita y Juan Manuel Fonrouge.

Es el pensador más importante del país. Recuperó con el inusitado y creciente atractivo de sus ideas, la posibilidad de pensar más allá de la agenda impuesta por los medios, la historia oficial y el rol de los intelectuales del medio pelo. Aquellos que venden libros lamentándose de una patria que no quieren compartir.
Cuando uno conoce a alguien a través de sus libros, no se imagina cómo será el encuentro sin páginas de por medio y sobre todo si se tiene en cuenta la personalidad de los que ejercen el violento oficio de escribir, como dijera Rodolfo Walsh. En el imaginario que se construye a priori, uno piensa que se pueden complicar las preguntas, que el estado de ánimo puede ser cambiante, o que el filósofo se negará a hablar de ciertos temas, aburrirse y cortar la entrevista. Prejuicios. En esta nota ocurrió todo lo contrario. Lo invitamos a que pase, lea y descubra al hombre que nos ayudó a recuperar el espíritu crítico de la filosofía.
Nos recibe su compañera, María Julia Berttoto, sus dos gatos, y el entrevistado, sentado en una pequeña mesa frente a una vitrina repleta de figuras felinas de distintos materiales, colores y tamaños. José Pablo Feinmann nos conduce a la reducida habitación en la que escribe; casi pensada para que nadie más entre. Las estanterías repletas de libros parecen que van a derrumbarse en cualquier momento, sepultándonos en una montaña de libros de cine, literatura y filosofía. Habla, piensa y busca libros con la mirada. Se apasiona, pero nunca pierde el hilo ni pregunta “¿de qué estábamos hablando?” Todo tiene que ver con todo para un filósofo, y las respuestas van más allá de los interrogantes.
¿Por qué creé que Occidente vuelve a recurrir al filosofo Martín Heidegger?
Desde que empieza a aparecer el estructuralismo, la izquierda francesa a mediados de los años sesenta quiere salir del marxismo, pero manteniendo una crítica a la modernidad capitalista. Esa crítica que estaba en (Karl) Marx, también estaba en Heidegger, pero desde otro punto de vista; sin plantear la lucha clases, ni la liberación de los pueblos, ni de la clase obrera. Para los intelectuales franceses había que salir del sujeto para entrar en Heidegger, porque en su libro Cartas sobre el Humanismo parte de lo que se llama el olvido del ser.
El hombre es el amo del ente, es el dominador de la naturaleza a través de la técnica, es el hombre del tecnocapitalismo. El hombre ha olvidado al ser por dominar lo óntico, lo ente. Ahí, sus seguidores de izquierda ven al hombre capitalista, que endiosa a las cosas y somete a los hombres. En Foucault no hay una teoría de la contra insurgencia, de la lucha contra el poder, sino que hace una enorme teoría de ‘el poder’, pero no como uno puede revelarse contra él.
Entonces, los alumnos de Foucault a fines de los ’70 le plantean: ‘hemos hablado mucho del poder, ¿ahora cómo luchamos contra él?’ Y a Foucault le cuesta mucho dar una fórmula, porque eso lo acercaría a (Jean Paul) Sartre, que era el filósofo de la libertad del sujeto, y para luchar contra el poder se requiere la libertad del sujeto. Foucault no quería darle relevancia a la libertad del sujeto, porque iba a caer en el sujeto de la fenomenología, que él abominaba.
Entonces, empieza ha elaborar una serie de cosas como la contraconducta y nunca llega a una teoría del contrapoder. Creo que lo de él es una filosofía de lo uno, del poder, y no llega a una filosofía de la rebelión. Y los demás no llegan a nada, llegan a la academia y no salen de ahí.
Con todo esto de la primacía de la lingüística, de la semiología, la filosofía pasa a ser parte de los departamentos de literatura; la usa la crítica literaria en un análisis de texto, no hay nada más allá del texto. Las filosofías se quedan en el texto, ya no remiten al barro de la historia, como lo hacía la filosofía sartreana; por eso Occidente recurrió a Heidegger.
¿Qué defienden los filósofos franceses de Heidegger?
Que el hombre de la técnica se ha extraviado por completo, que el dominio del mundo, de lo óntico, ha llevado al hombre al sometimiento de todas las cosas de la naturaleza, pronto a la destrucción del mundo. Heidegger dice que donde el hombre vive ya no es la Tierra. Entonces, ¿cuál es el camino del hombre? Volver al ser. Heidegger nunca dice qué es el ser. Es Dios. Siempre en la filosofía lo no fundamentado es Dios.
El hombre tiene que estar en una especie de pathos de la espera, de la escucha. Y estar ahí a la espera del llamado del ser. Lo que le contesta Adorno -estoy totalmente de acuerdo con él-, es que yo tengo el pathos de la escucha para el sufrimiento. Es un camino muy zen el de Heidegger. De hecho, él se acerca a Oriente. Este mundo va hacia el abismo.
Heidegger camina por ahí con un filósofo japonés, se acerca a un árbol y le dice que ese árbol va a servir siempre para darle sombra a un caminante cansado. Pero el tecnocapitalismo seguramente lo va a talar para industrializarlo. Y, lo que diría un tecnocapitalista, es que se puede industrializar el árbol y hacer en ese lugar una cabaña para el caminante cansado. Pero esa respuesta no la contempla Heidegger, lo que contempla es el arrasamiento de la Tierra. Los ecologistas se vuelven locos con Heidegger, y tienen razón. Es el único filósofo que se preocupa por el arrasamiento de la Tierra. Lo cual es real, no sé cuánto va a durar esto. ¿Ustedes lo han pensado? No se si va a durar 50 años. Está constantemente de moda Heidegger, que anunció este tipo de cosas, criticando al capitalismo, sin nunca hablar de una revolución. Para él, la revolución es plantarse de otro modo frente al ser y no vivir entregado al dominio de los entes.
La dialéctica materialista parte de la oposición entre el hombre y la naturaleza, que la transforma mediante el trabajo. Tanto el capitalismo como el socialismo real, creyeron en una transformación ilimitada, en un progreso ilimitado. ¿Creé que la contradicción fundamental entre capital y trabajo pasó a ser entre capital y naturaleza?
Totalmente. Incluso, coincide con La dialéctica del iluminismo, el libro de Adorno y Horkheimer que le deben mucho a Heidegger, aunque no lo digan y a La filosofía de la historia de Benjamín. Lo que hacen ellos es cambiar el eje de la lucha de clases a la relación entre el hombre y la naturaleza. Todo lo que prometía la dialéctica hegeliana, de hecho, Marx es un pensador de la técnica. ¿Qué es lo que propone Marx? Que la burguesía destruya todo. Marx se entusiasma con la burguesía, ¡la burguesía va a destruir todo! Entonces, se vuelve sarmientino. Para Marx las fuerzas burguesas tienen que arrasar todo y de ahí va a surgir el proletariado.
Lo que pidió Marx para México, que se establecieran las relaciones de producción capitalista…
Claro. Porque hubiese dicho Estados Unidos tiene que dominar México, apropiarse de California, la potencia industrial.
Cuanto peor mejor…
Cuanto peor para el débil, ¿no? Por eso apoyaba la expansión británica sobre la India, es decir la idea dialéctica. Lo perdió muchísimo a Marx la dialéctica. Lo llevó a una visión teleológica de la historia, una visión del desarrollo permanente por el cual la burguesía, en tanto conquistara lo que le era posible conquistar históricamente, y estableciera sus relaciones de producción, se generarían las condiciones para el nacimiento del proletariado revolucionario.
Cosa que no pasó. Porque todos los lugares que conquistó la burguesía los llevó al atraso, no llegó el progreso y no surgió el proletariado revolucionario. Finalmente, la gran profecía de Marx: el proletariado iba a enterrar a la burguesía nunca ocurrió, sino que la burguesía enterró al proletariado, y cada vez más. Se equivocó en eso; es mejor no ser tan profético. No así, en otras cosas, es un gran pensador. Pero en su parte profética, que le viene de la dialéctica, esa cosa de la necesidad de la historia que envenenó a toda la izquierda, que el mundo va hacia el socialismo, el “Che” Guevara, todos creían eso…
La inevitabilidad de la historia…
Lo inevitable, el proceso dialéctico lleva al socialismo. Se daba la vida por una certeza no fundada que terminó negándose. Y este es el mundo en el cual vivimos ahora, que es interesante para vivir porque tiene connotaciones apocalípticas fascinantes. Hay una cosa que (Ernesto) Laclau llama ‘polos de hegemonía’ que serían lugares donde uno podría detectar el surgimiento de respuestas al sistema de producción capitalista. Todos vemos el surgimiento de China, pero no es ninguna respuesta alternativa al capitalismo, es otro tipo de capitalismo con un sesgo más totalitario, joven y potente; pero la injusticia va a seguir y hay un peligro potente de destrucción. Hay muchos polos y todos tienen poder nuclear: India, Pakistán, Irán. Supongamos que mañana Irán arroja tres misiles nucleares sobre Israel. ¿Qué haría EEUU? Tiraría quinientos contra Irán, lo borraría del mapa. Eso llevaría a un problema muy serio sobre la seguridad de cómo vivir sobre este planeta.
¿La multilateralidad no llevó a la solución de estos problemas?
No, la multipolaridad lo complicó más. Antes eran dos los que estaban armados nuclearmente y se temían. Vivíamos una época de temor nuclear centrados en dos grandes potencias y las guerras eran de baja intensidad, muy crueles. Todas las guerras de la seguridad nacional - Vietnam, (Jorge Rafael) Videla aquí- que se daban en el tercer mundo, iban de un lado al otro arbitrando las distintas guerras. Pero nunca hubo una guerra entre EEUU y la URSS directamente. Al caer la bipolaridad de la Guerra Fría empieza a surgir una multipolaridad y aparece el Islam con las Torres Gemelas como gran símbolo: la aparición de un temible oponente. La multipolaridad ha perjudicado la seguridad del planeta.
¿Cuál cree que debe ser el rol de los filósofos e intelectuales en la actualidad?
Creo que debe ser crítico. El rol crítico establece una separación entre uno y su entorno y es muy difícil esa separación, porque todo está preparado para que uno esté mezclado en su entorno. Yo uso una fórmula de Jacques Lacan, no como la usa él, que dice que el inconsciente es el discurso del otro. Y efectivamente vivimos inmersos en el discurso del otro. Vivimos todo el día recibiendo el discurso del otro, formando nuestro inconsciente o nuestro conciente; nuestra subjetividad. La gente vive en medio de una avalancha de informaciones, de interpretaciones. En Argentina vivimos en medio de un fascismo infernal, un avance de la derecha en todo el mundo. Los medios de comunicación en lo ideológico son fascistas. Y en el aspecto del entretenimiento, también es fascista por la manera de entretener de un modo distractivo; ¡te vamos a entretener hasta reventarte, hasta volverte tarado! Esa es la función de (Marcelo) Tinelli, de los caños, culos y tetas. Caen rendidos y no hay un surgimiento de una conciencia que se aparte de eso, que se aparte del discurso del otro críticamente. Heidegger habla de la ‘existencia inauténtica’, de vivir en estado de interpretado. No interpreta nada, y es interpretado constantemente.
Hay otra fórmula de Lacan que dice que uno no domina una lengua, sino que ella lo domina a uno. Uno nace y recibe palabras y cuando empieza a hablar ¿qué tiene? Las palabras que recibió. Una lengua que uno cree que domina, pero que en realidad es dominado por esa lengua.
El hombre está entregado a las escribidurías, a las novedades, al ‘se dice’. Todo en un magma, en un mundo ya decidido, y él se incorpora a ese mundo porque es fácil. Si el mundo está decidido no tengo que sufrir, pienso lo que hay que pensar, digo lo que hay que decir, leo lo que hay que leer, paso por la vida en general tratando de ignorar un hecho fundamental, que es mi propia muerte. Woody Allen, que trabaja bien estas cosas, en su película Manhattan, reflexiona que todo esto que nos pasa, todos los problemas que nos creamos, que nos enamoramos, separamos, o volvemos a juntar, son para evitar pensar que nos vamos a morir. Es una gran reflexión. Yo también creo eso.
El hombre inauténtico crea a todo este mundo: va a laburar, enciende la televisión, lee a Dan Brown que sacó otra novela; esto de Gran Cuñado que lo ve todo el mundo (risas) ¡Van a votar al que les cayó más simpático en Gran Cuñado! No hay ideas, no se debaten ideas.
Esto nos remite a su concepto de sujeto absoluto comunicacional…
Claro. Este es el sujeto absoluto comunicacional que nos remite a los grandes grupos de comunicación. Acá hablamos del Grupo Clarín, pero a su vez éste debe ser parte de otro grupo. Uno nunca sabe finalmente para quién trabaja, para quién escribe.
¿Podría hacer una breve ontología de la clase media argentina?
Es una clase que no tiene grandeza. La clase media es lo que no quiere ser; no quiere ser clase media porque quiere ser clase alta, pero tampoco es lo que no quiere ser, que es ser clase baja. ¿Qué es? Es eso y no va a salir de ahí. No va a ser lo que quiere ser y, sí posiblemente, va a ser ese terror que tiene de ser pobre. Y esto la vuelve asustadiza y en tanto es asustadiza, se vuelve muy tendiente al fascismo. Todo avance de los negros es para la clase media algo terrible: ‘los negros nos van a unir a ellos y nosotros nos queremos correr siempre a la derecha, pensar como la derecha, comer donde come la derecha, manejar los modismos de la derecha’.
Es una clase insolidaria, muy cobarde y que tuvo aquí un gran momento que fue el de la juventud peronista, un curioso fenómeno de muchachos de clase media que se revelaron contra sus familias. Hay una frase muy graciosa de Perón que dice: ‘ahora vamos a ganar porque votan las mujeres, y no saben cuándo voten los jóvenes’, en el año ’52.
Los pibes de ese momento que se criaron escuchando atrocidades contra Perón se volvieron peronistas. Toda generación se revela contra sus padres. Esa generación de clase media en esa coyuntura histórica se hizo muy militante y participó de la guerrilla, y admiró, para mi juicio, excesivamente las acciones armadas, pero tuvo también una gran pasión militante, tuvo tipos brillantísimos como Juan Abal Medina o Esteban Righi, que a los 34 años dio ese discurso memorable a la policía. ¡Un tipo que reúne a todos los comisarios y les dice: ustedes no crean que de ahora en más no tienen que guardar el orden.Lo único que pasa es que el orden que tienen que guardar, cambió! (risas) Y después dice: ‘ninguna vejación será tolerada’. Ese discurso sirvió a través de los años para decir ‘qué delirios en este país, Dios mío... estaban todo locos’. Y es verdad, duraron 47 días y vino Perón a cagarlos. Y ese discurso de Righi lo había leído (Héctor) Cámpora, lo que habla de la posibilidad de transformación de un individuo. Yo hablo mucho con Juan Abal Medina padre -porque está el hijo que es brillantísimo- y él me decía dos o tres frases que eran de Cámpora. Y vos fíjate quién decía esto (risas) ¡Cámpora! A ese tipo yo lo adoro, porque del mediocre adulón de los ’50, lee el discurso de Righi. Es fantástico que eso lo haya hecho Cámpora.
Cámpora podría haber sido una buena síntesis para la etapa…
Claro, era una muy buena síntesis. Pero para los militares, empresarios, la Iglesia, era pura subversión. Al día siguiente del discurso de Righi una organización de comisarios le manda una carta que dice: ‘lo que usted está haciendo es desalentando a la policía para posibilitar el asalto rojo final’. Esa era la verdadera Argentina.
¿Cómo interpreta el concepto de populismo? ¿Cree que hay que revalorizarlo, resignificarlo y aceptarlo como un concepto válido para entender el proceso político?
Creo que sí, porque les preocupa mucho el populismo. En estos momentos no hay otro concepto. Otro sería el de revolución, que sería expropiar a la burguesía y eso lo puede proponer el Partido Obrero. Pero un camino que está haciendo América Latina es el del populismo, que es un Estado intervencionista, distributivo, el Estado latinoamericanista que se ocupa de cuidar los intereses del pueblo e intentar una distribución de la riqueza.
Viste lo que fue acá intentarla el año pasado. Por un tres por ciento estalló el país. La Argentina parece ser un país difícil para esto, muy facho en ese sentido. Pero hay una posible distribución de la riqueza en asfaltar calles, construir casas…
Que lo haga el Estado a través de la recaudación, pero no distribuyendo la renta privada…
El Estado lo va a poder hacer, pero no poner las manos en el bolsillo a ninguna clase empresarial. Además, la gente salió a defender a estos tipos, por más que haya sido mal interpretado; todas esas son excusas, ¡concretamente se les trató de sacar un tres por ciento, y casi tiran al gobierno! Yo creo que si Cobos votaba a favor había una revolución en ese momento. Cobos es un traidor, pero hizo algo que frenó…
¿Creé entonces que, efectivamente, hay una estrategia destituyente?
Sí. Creo que si esa noche ganaba el gobierno salían estos locos con los tractores. ‘Tenemos armas, tractores, camiones, tenemos bases’, y uno dice ¡estos se van a venir sobre Buenos Aires!, más la belicosa clase media porteña… chantas…
¿Creé que el peronismo sigue siendo imprescindible para pensar un proceso transformador? ¿El peronismo sigue siendo el hecho maldito del país burgués?
No, eso está muerto. El peronismo es el hecho maldito del país. Ya no del país burgués. Si hubiera país burgués habría una burguesía productora, que daría trabajo, que crearía un mercado interno, y no hay nada de eso. Finanzas, dinero que se hace con dinero, y después el monocultivo de estos tipos de la soja que son unos atorrantes, de liquidar terrenos y alzarse con todo. Y el peronismo… no existe el peronismo. Es un aparato que está conformado por intendentes, punteros, políticos, la mafia, la droga, la prostitución y la delincuencia respaldada por la policía. Lo que se puede hacer es lo que hace (Néstor) Kirchner de decir: “bueno, yo me meto en la mierda y discuto con estos tipos codo a codo”. Y lo hizo. Creo que el tipo es muy bravo. A mí no me gusta esa política, pero qué sé yo.
En el mundo de hoy, Kirchner al lado de todos los otros, es una especie de tanque German de la política, que es capaz de entrar rompiendo todo, enfrentando al duhaldismo y a las mafias, y afanándose lo que se quiere afanar; él es como Ringo Bonavena y Cristina sería Cassius Clay. Él es el pegador, tosco pero que embiste y ella hace la política más superestructural; inteligente, brillante, y no sé con qué presidente la podemos comparar…Perón en los primeros años. Es incomparable. Piensa muy bien, habla con mucha fluidez, tiene humor, y se ve que se han dividido los roles. Ella no se mete en la jungla, en la jungla se mete el otro, que es divertido.
A mí me divierte cuando dice: “Qué te pasa Clarín”, (imita la voz de Kirchner); es espectacular, es un loco…No tienen una oposición. A mí no me atraen ninguno de los otros como ellos dos y como la gente que tienen, como (Juan Manuel) Abal Medina, el mismo Aníbal Fernández que es muy lúcido. Me contaron que le dijo a Magdalena Ruiz Guiñazú: “no se ponga medias de seda que la foto es de carnet” (risas). Hay muchos tipos así en el gobierno. Tristán Bauer con el canal Encuentro, con toda esa gente trato para hacer el programa de filosofía. Si no estuvieran, ¡mi programa de filosofía… las pelotas!
En estas elecciones, ¿creé que es desde esta contradicción desde donde habría que pensar el voto?
Sí, habría que pensar el voto desde dos opciones que están bien diferenciadas. La opción populista, latinoamericanista de sí al Mercosur, no al Alca, la estatización de las AFJP, la posibilidad de una distribución del ingreso; y, del otro lado, el neoliberalismo, el Alca, la relación de sometimiento con EEUU, el dólar y la relación con los organismos financieros. Son dos proyectos opuestos, por algo atacan tanto; es el Estado intervencionista lo que no se bancan.
Por último, ¿creé que van a descongelar a Walt Disney y que volverá como un Mesías?
(Risas) Es muy posible, si les hace falta, pero todavía no sé para qué lo pueden necesitar.
Yo creo que efectivamente a Walt Disney lo tienen en algún lugar y ya deben disponer de la tecnología para revivirlo. Sería demasiado espectacular. Hay un texto de Heidegger que se llama: Pronto haremos al hombre. Y cuando hagamos al hombre nos va a reventar la cabeza.
fuente: http://jmfonrouge.blogspot.com/2009/06/entrevista-con-jose-pablo-feinmann.html

EL TERCER TRIUNVIRATO
TOMÁS ABRAHAM
Desde el punto de vista de la calidad institucional este gobierno ha sido decididamente malo. Cuando hablo de “este gobierno” me refiero al que comenzó en el año 2003. Nació con un veintidós por ciento de votos, por debajo del ex presidente Carlos Menem, y llegó al poder por el retiro de éste último. De todos modos en la primera parte de la gestión Kirchner atravesó el período más bien que mal y sólo tuvo que soportar las acusaciones de voluntad hegemónica y clientelismo que le prodigaba la oposición y alguno que otro medio de comunicación, por supuesto que Clarín no, el escudo mediático que lo protegía.
Luego en vísperas del fin del primer mandato hubo elecciones abiertas a puertas cerradas en Olivos y decidió la familia patagónica que la esposa del mandatario fuera la próxima presidenta si el pueblo así lo quería. Y así se quiso.
Cristina Fernández durante su campaña se apoyó en dos sólidas columnas para mostrar su diferencia con el antecesor. Una fue la calidad institucional y la otra la apertura al mundo. Lo hizo porque sabía que flaqueba por ambos costados. Respecto de la calidad institucional vimos con sorpresa como en dos años el oficialismo se mofó de la letra y del espíritu de la ley con tretas, travesuras, picardías, chanzas y toda la gama de la viveza nacional. De aquella promesa de mejora republicana no quedó nada. Con respecto a la apertura al mundo, recién ahora se intenta hacerlo del único modo en que la Argentina está destinada a realizarlo: pagando.
Por supuesto que cumplir con ciertos compromisos financieros no será suficiente. Nuestro país tiene con el llamado mundo una relación conflictiva de larga duración. Si tomamos en cuenta que parte de la cultura nacional aún no quiere reconocer el legítimo triunfo de los aliados en la Segunda Guerra Mundial, podemos apreciar el trecho que aún queda para tratar de mejorar no sólo la imagen sino la realidad que presenta nuestro país luego del terrorismo, las torturas, los desaparecidos, las Malvinas, el default, el desparpajo con el que se desconocen los compromisos, los contratos no respetados y los primeros puestos del rating en la escala de la corrupción.
Pero no por esto se necesita otro medio siglo para hacer buena letra con lo que se firmará y pactará hasta el 2060, la compensación debida no exige tanto, basta un cambio serio en las relaciones internacionales y una nueva cultura política que deje para siempre de lado esta combinación de trivialidad y bravuconadas que nos caracteriza.
Nadie podía suponer los cambios que iban a ocurrir en nuestro país desde marzo del 2008 un verano después de la asunción de la nueva presidenta. El conflicto del campo deformó la cara del gobierno. Desde ese momento aquello que se llamaba voluntad hegemónica se convirtió en una puesta en escena por el que se intenta salvar la ropa a toda costa y amurallarse con lo que queda de viejas adhesiones. Todos los días escuchamos un griterío de acorralados que se acentúa desde junio del 2009 en el que las urnas sellaron el proceso iniciado un año atrás.
Fue entonces, con aquel no positivo o sí negativo, que surgió un desconocido para la mayoría de los argentinos llamado Julio César Cleto apellidado Cobos. También a partir de esta nueva fase del gobierno pinguino el mando institucional tuvo a Cristina Fernández como primera magistrada y a Néstor Kirchner como apoderado.
Lo que los ciudadanos argentinos presencian hace un tiempo es que el gobierno de dos se está convirtiendo en un gobierno de tres, en un triunvirato. Es el tercer triunvirato de la historia argentina ciento noventa y nueve años después del primero. Aquellos dos primeros que transitaron los tiempos épicos entre la Junta Grande y el Directorio con personajes como Chiclana, Sarratea, Juan José Paso, Rodriguez Peña, Posadas y Álvarez Jonte, tiene poco que ver con el actual.
La suspensión del viaje de la presidenta a la China es la prueba de que nuestro país existe tal triunvirato y que, además, no se rige por una monarquía como era el deseo de algunos en los primeros tiempos de nuestra nación, sino por una república. Si viviéramos bajo un reinado el viaje de la Monarca no dejaba un vacío ya que el regente transitorio sería un miembro de su familia, pongamos por caso el príncipe Néstor. Pero al no ser un sistema dinástico, le tocaría el bastón un breve tiempo por designio de régimen republicano a nuestro Julio César a quien se ve como el traidor Bruto revirtiendo así la historia de Roma.
El altisonante anuncio de la suspensión del viaje presidencial ha sido otro paso de comedia de esta obra de infinitos actos de la política nacional por una supuesta amenaza de un golpe destituyente del vicepresidente y de probables decretos de necesidad y urgencia en ausencia de Cristina Fernández.
Y digo comedia con la finalidad de que este clima de permanente dramatismo que caracteriza a los K – que jamás supieron que el sentido del humor es condición esencial de la lucidez – no nos atonte definitivamente. Se toman a sí mismos tan en serio que superan semanalmente su propio patetismo ni siquiera mitigado por una sonrisa cómplice y canchera a la tribuna.
Ya no se sabe qué palabra inventar, si “crispación”, “rispidez”, u otras, para describir el único temple que conocen y que los nutre.
Muchos consideran que esta situación es insostenible. Se dice que no podemos seguir bajo un gobierno en el que los miembros de la fórmula ejecutiva se pelean entre sí y en el que el principal opositor es el vicepresidente. Sin duda que es una locura en un país normal. Pero en un pais loco es una cordura.
Ante el desmadre institucional al que nos someten los Kirchner, inventores de las candidaturas testigo, de la aprobación en catarata durante seis meses de leyes por parte de candidaturas vencidas y parlamento en retirada, de la promulgación de un decreto de necesidad y urgencia un par de días después del receso del legislativo y tantas otras habilidades políticas, la presencia de un tercer miembro decisorio o al menos amortiguante ante el dúo hiperdinámico, es un factor de equilibrio. Claro, un equilibrio a la Argentina, sin red y con la soga deshilachada.
Es una pena que esto sea así, porque aunque parezca extraño, este gobierno podría defender varias de sus políticas si realmente sus componentes creyeran en algo, quiero decir en algo interesante, bueno para el país y las próximas generaciones y no para una secta con sus fanáticos que adoran el poder y sus réditos.
Ls kirchneristas aducen que en estos años se ha cambiado el sistema de alianzas gracias al cual no hubo represión ni ajuste y que quienes se oponen a él son parte del partido militar, de la oligarquía pampeana, del FMI, del grupo Clarín y de los desguasadores del Estado.
Es cierto. No hicieron el ajuste porque uno de los mayores ajustes de la historia argentina lo hizo la devaluación del 2002 que redujo los salarios estatales en un cuarenta por ciento. El partido militar hace rato que no existe desde que Menem derrotó al sector carapintada comandado por Seineldín que intentó llevar a cabo el último golpe de Estado. Derrota que le permitíó a Kirchner descolgar el cuadro de Videla.
La oligarquía pampeana es la que le da al gobierno el superávit comercial que le otorga la posibilidad de lucir sus reservas y subsidiar a empresas de servicios antes de un nuevo rodrigazo. Respecto de los desguasadores estatales bien lo saben los ex gobernadores de Santa Cruz quienes gracias a la privatización de YPF se llenaron de bonos hoy esfumados.
También es cierto que no ha habido muertos por represión y nadie en la sociedad argentina quiere que los haya. Tampoco los que hablan en nombre del Orden tienen las espaldas políticas para justificar víctimas en la calle. Duhalde conoce el tema ya que debió renunciar en el 2003 por la muerte de dos manifestantes. Pero el problema no termina en que no hay muertos sino en que no hay autoridad que cuide la aplicación de la ley que no sea rehén de formas de violencia paraestatales. El gobierno sólo puede mantener una cierta estabilidad institucional con dinero en manos de caudillos que administran en cuotas la llamada protesta. Las fuerzas policiales están fuera de control. El sistema de seguridad privado es tan poderoso como el llamado oficial, y la distribución de armas en manos de grupos otorga un poder de fuego que por ahora sólo se manifiesta de vez en cuando.
El problema es que el sistema de autoridad en la Argentina está totalmente desmantelado en lo que atañe tanto a la seguridad de los individuos como al tráfico de droga por los cientos de pistas clandestinas en los que aterrizan aviones cargados por falta de radares y complicidades varias.
Sin embargo, no hay por qué desconocer meritos políticos de este gobierno que no por eso son milagros y mejorar lo bien hecho sin hacer por eso de lo realizado una gesta mítica en la historia argentina.
Todo aquel que no quiere ser parte de este festival liberador o es denostado por videlista o menemista o delarruista. Parece que nunca hay nada nuevo bajo el sol frejulista, aunque sí, probablemente, en pocos años, a la lista negra que hoy se exhibe se le agregará amnesia mediante el mote demoníaco de “kirchnerista”.
Para los que escriben desde el poder la historia de la lucha de clases en la Argentina parece no hay otro modo de inventarle un futuro al país, un porvenir de crecimiento, desarrollo, bienestar y dignidad que el que ofrece este teatro de trincheras que va de aplaudir la cesación de pagos al pago por adelantado, de la sociedad con los grandes medios a desbancarlos, de darles cátedra a los países centrales a pedirles más plata.
La “restauración conservadora” no pasará, repiten. Ojo con la derecha nos dicen, el mundo tiene dos manos y parece que no hay tu tía en este ruedo. Bueno, sí, hay un tío, el tío Cleto.

http://tomabra.wordpress.com/2010/01/25/el-tercer-triunvirato-revista-noticias-23110/

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