martes, 19 de octubre de 2010

MARIO ABEL AMAYA
34 años de su asesinato



MARIO ABEL AMAYA
(por Gustavo Angerame)

Mes de su amanecer y su negra noche
Augusto principista hasta el fin
Reforma Universitaria, su bandera, la facultad su morada
Ideales de Justicia e Igualdad
Onganía, bastones largos, arrestaba,

Amaya sin desmayo, sumaba.
Bastión soleado, sumo grito de libertad
En defensa de presos políticos y
Luchadores sindicales idealistas

Abogó por ellos en el sur,
Motín, fuga y masacre
Apasionado por la Renovación
Y
el Cambio Radical,
Agosto del 76, Amaya secuestrado en Trelew
comienza su negra noche, su masacre.

http://illiaalfonsinlegadoetico.blogspot.com/2009/08/mario-abel-amaya-por-gustavo-angerame-m.html

Recuerdo a Mario Amaya Asesinado en Dictadura

El siguiente artículo fue escrito el 19/10/2001 por el Dr. Hipólito Solari Yrigoyen y publicado el 19 de Octubre de 2006 con motivo de cumplirse un nuevo aniversario del fallecimiento del Jóven Militante y Dirigente de la UCR Mario Abel Amaya

HOMENAJE A MARIO ABEL AMAYA

RECUERDO A UN MARTIR DE LA DEMOCRACIA SOMETIDO AL TERRORISMO DE ESTADO

El 19 de octubre de 1976, hace 30 años ya, la dictadura militar asesinó a Mario Abel Amaya, mientras se encontraba en prisión. Era, entonces, un joven dirigente radical de la provincia del Chubut que había ejercido su mandato de diputado nacional hasta el golpe de estado de ese año.
Hoy, que algunos se empeñan en que la violencia se instale nuevamente entre nosotros, es una obligación recordar y homenajear a quienes, como Mario Abel Amaya, sufrieron la peor de las violencias de la peor de las dictaduras.
Hipólito Solari Yrigoyen, su amigo personal y compañero de militancia radical, recordaba así, un día como hoy, hace unos años pero con palabras por siempre vigentes, el triste episodio de la muerte de Mario Abel Amaya, a la edad de 41 años, a manos de la dictadura militar.
"Hace 25 años la dictadura militar asesinó a Mario Abel Amaya mientras se encontraba en prisión. Era entonces un joven dirigente de la Unión Cívica Radical de la provincia del Chubut, que había ejercido su mandato de diputado nacional hasta el golpe de Estado de ese año. Nadie lo había acusado de nada, ni tenía proceso de ninguna especie, ni se le reconoció derecho alguno de defensa y, tal como ocurría entonces, previamente había sido secuestrado para pasar a ser un desaparecido, luego sería reconocido como detenido y, finalmente, sometido al perverso trato de preso "de máxima peligrosidad", impuesto por decreto por el gobierno de la señora Martínez de Perón.
La culpabilidad compartida de estos hechos recayó, en primer término, en el propio régimen que, encabezado por Jorge Rafael Videla, había establecido el terrorismo de Estado; luego, y como ejecutores del mismo, en quienes estaban al frente del V Cuerpo de Ejército, con sede en Bahía Blanca y con jurisdicción sobre la Patagonia, los generales René Azpitarte y Acdel Vilas. Este último venía manchado de sangre desde Tucumán y fue, como jefe de Seguridad, el que impartió la orden de detención clandestina. Finalmente, compartió la responsabilidad el entonces mayor Carlos Alberto Barbot, que desde el Distrito Militar de Trelew dirigía el área represiva de la zona donde se hicieron los secuestros. El apellido de nacimiento de este militar, que pasó a retiro como teniente coronel, es Barbotta. Ninguno de los nombrados tuvo la valentía de asumir los hechos que programaron, ordenaron o ejecutaron, ni se conoce tampoco que hayan tenido algún gesto de arrepentimiento.
La cronología y el itinerario de lo sucedido a Amaya comienzan el 17 de agosto, Día del Libertador, cuando a la madrugada se realiza su detención en Trelew (mi secuestro lo practicaba al mismo tiempo el Ejército, en mi domicilio de Puerto Madryn). Luego se efectúan los traslados en avión a la Base Aeronaval de Bahía Blanca, y de ahí al centro de tormentos y ejecuciones que funcionaba en el Regimiento 181 de Comunicaciones de la misma ciudad, conocido con el nombre de "la Escuelita", donde él y yo revistamos como desaparecidos. Según lo comprobó la Conadep, bajo la presidencia de Ernesto Sabato, las instalaciones de ese siniestro lugar fueron demolidas poco antes del advenimiento de la democracia.
El 31 de agosto se hizo el traslado, también clandestino, hasta las afueras de Viedma, donde en una farsa se simuló un tiroteo con la Policía Federal, para hacer creer que quienes nos traían eran "sediciosos". Se nos arrojó con violencia del vehículo en que veníamos atados, amordazados y encapuchados, a una zanja lateral al camino, y en seguida nos detuvo la policía, mientras que quienes nos habían transportado huían. Al día siguiente, se nos condujo en avión detenidos desde Viedma hasta la Base de Bahía Blanca y de ahí hasta la cárcel de Villa Floresta.
El 11 de septiembre, Día del Maestro en homenaje a Sarmiento, se ordenó nuestro traslado y el de otros detenidos hasta la cárcel de Rawson. Tras descender el avión en la Base Aeronaval de Trelew, todos recibimos un castigo feroz que se prolongó durante muchas horas de ese día y en los siguientes en la prisión de la que era director el prefecto Osvaldo Fano y estaba bajo el control del militar Barbot. Ese trato cruel, inhumano y degradante fue la consecuencia directa de la muerte de los dos del grupo con salud más precaria: Mario Amaya, que era asmático, y Jorge Valemberg, ex presidente del Concejo Deliberante de Bahía Blanca, una honorable persona mayor, integrante del justicialismo. No sólo ninguno de ellos recibió atención médica, sino que a Amaya se le retiraron el inhalador y sus medicamentos. Si bien estábamos todos incomunicados en el Pabellón 8 de Rawson, con la intención de que no trascendieran al exterior los tormentos recibidos, tuve ocasión de ver a Amaya por última vez en el baño, tenía la cabeza partida, estaba morado por los golpes y hablaba con dificultad. Alcanzó a decirme: "Estoy muy mal".
Amaya, desahuciado por los médicos, fue trasladado al hospital de la cárcel de Villa Devoto.
Su madre, que fue autorizada a verlo, pasó frente a su cama del hospital sin reconocerlo por el estado en que se encontraba como consecuencia de los sufrimientos que se le habían infligido. Por la noche, esa dama de gran temple, le relataría entre sollozos a mi señora, en nuestro departamento en Buenos Aires, donde se alojaba en esos días, el doloroso encuentro. Amaya falleció el 19 de octubre de 1976. Tenía 41 años.
La represión a Amaya, que culminó con su asesinato, no fue un caso aislado. Fue similar a la que sufrieron miles de ciudadanos de distintos pensamientos políticos, ajenos a las prácticas de la violencia, pero cuyas actividades perfectamente legales y sus pensamientos progresistas molestaban al régimen.
Mario Abel Amaya era radical, como lo eran Felipe Rodríguez Araya, de Rosario; Angel Pisarello, de Tucumán; Sergio Karakachoff, de La Plata, y no agoto con estas menciones que pongo como ejemplo la lista de quienes en nuestra fuerza cívica cayeron para siempre como víctimas de la represión ideológica, sin contar los que sufrieron otras formas de persecuciones y sin dejar de reconocer que hubo corrientes políticas más afectadas que la nuestra.
Amaya había nacido en Dolavon, Chubut, el 3 de agosto de 1935. Sus padres provenían de la provincia de San Luis, de donde eran también sus familias. Su progenitor se había trasladado a la Patagonia para ejercer la docencia. Mario Abel se educó en Trelew hasta terminar el colegio secundario y luego se instaló en Córdoba, donde cursó sus estudios de Derecho, militó en el Reformismo y se graduó de abogado. Regresó a Chubut y se dedicó al ejercicio de su profesión y a la enseñanza en el Colegio Nacional de Trelew. Se enroló en las filas de la Unión Cívica Radical desde su época de estudiante y, al radicarse en su provincia, adhirió desde su formación al Movimiento de Renovación y Cambio, que habíamos fundado muchos radicales bajo la inspiración de Raúl Alfonsín.
Hombre inteligente y solidario, Amaya se vinculó con la defensa de los presos políticos que fueron enviados a Rawson en los regímenes que gobernaron desde 1966 a 1973. Fue apoderado del líder sindical Agustín Tosco, del que fui su abogado defensor, coordinando las tareas con Arnaldo Murúa y otros colegas de Córdoba, y con el propio Amaya.
Cuando, después de su liberación, Tosco regresó a Córdoba, el 25 de septiembre de 1972, nos invitó a Amaya y a mí para que lo acompañásemos en el avión y participáramos en el acto multitudinario de recepción en Redes Cordobesas. Las defensas de presos políticos fueron, por esos años, un apostolado de riesgoso ejercicio. Las listas de víctimas, seguramente incompletas, recuerdan que hubo 27 abogados asesinados, 109 presos, más de 200 exiliados, en el ciclo de años crueles que se clausuraría el 10 de diciembre de 1983, al reintegrarse el país a la democracia.
El gobierno militar de 1972 puso a Amaya, por decreto, a disposición del Poder Ejecutivo, cuando se produjo la evasión de la cárcel de Rawson, el 22 de agosto de ese año. Nada tuvo que ver Amaya en ese episodio, pero se aprovechó su presencia en el aeropuerto de Trelew, desde donde partieron en un avión secuestrado los fugitivos, para castigar su lucha antidictatorial. El estaba ahí para entregar a una dirigente del gremio docente, en el que él militaba y al que asesoraba, unos papeles que aquélla debía llevar a Buenos Aires.
Amaya fue trasladado a la cárcel de Villa Devoto y me designó entonces su abogado. Al cabo de tres meses fue liberado por la enorme presión que se ejerció por él y otros detenidos en forma arbitraria, desde la Asamblea Popular de Trelew, que se reunió en forma continuada durante varias jornadas en el Teatro Español de esa ciudad. Durante el período de su prisión, sus amigos habíamos proclamado su precandidatura a diputado nacional. Después de triunfar en la convocatoria partidaria, nuestra lista, en la que yo iba de candidato a senador, fuimos elegidos en los comicios generales de marzo y nos incorporamos a nuestras respectivas cámaras el 25 de mayo de 1973.
Como diputado se distinguió en el ejercicio de su mandato por la defensa de las causas populares, de las libertades públicas y los derechos humanos, actividades mal vistas por los sectores autoritarios del poder. Amaya concurría también asiduamente a asambleas reivindicativas de los ideales por los que luchaba con tesón, que se celebraban en diversas partes del país. El figuraba ya en las listas negras de la intolerancia, que los propios servicios de informaciones y sus grupos terroristas anexos, como la Triple A, que me eligió como su primera víctima, hacían públicas con fines de intimidación.
Amaya fue velado en Buenos Aires, en el barrio de Mataderos, porque la dictadura no permitió que se lo hiciera en la Casa Radical ni en otro lugar del centro de la ciudad. Después fue trasladado y enterrado en medio de un clima represivo, en Trelew, donde lo despidieron Raúl Alfonsín y Carlos Fonte, su colega en la Cámara de Diputados. Su madre, más tarde, se fue a vivir a Luján, provincia de San Luis, donde residía su familia y temiendo una profanación de los restos de su hijo, los llevó al cementerio de esa localidad, donde descansan, ahora también junto a ella.
Mario Amaya fue mi amigo y mi compañero en vibrantes o silenciosas jornadas cívicas. Participábamos en reuniones, asistíamos a asambleas, sosteníamos debates en favor de nuestras ideas e hicimos numerosas giras, tanto por nuestra provincia como por el país. Después compartiríamos el que fue su calvario final.
El era un idealista y un hombre bondadoso y sensible, que gozaba de un permanente buen humor que le permitía sobrellevar con resignación el asma que padecía y los contratiempos frecuentes de nuestras actividades políticas. Fue un demócrata cabal.
No tengo el hábito de volver sobre los hechos del pasado. Si lo hago ahora, desprovisto de animosidad, es porque creo que me obliga un compromiso con la verdad histórica para esclarecer hechos ocurridos ..., que trascienden a mi persona y que ilustran sobre una figura que hizo un importante aporte en una lucha que no conviene que los argentinos ignoremos y olvidemos.
Mario Abel Amaya fue un mártir de sus ideales democráticos y se erige como un ejemplo para las nuevas generaciones."
Fuente http://www.marceloelias.com/opinion582.html

AMAYA Y TOSCO, LA FOTO
por Angel Elías

La foto es de 1972, en el centro de la fotografía, más que sentado, erguido en su silla, atento, con una mueca que anticipa una sonrisa, está Agustín Tosco. A su izquierda Mario Abel Amaya, que fuera diputado radical, del que recordamos siempre la sonoridad de su apellido coreado por miles de gargantas en actos y asambleas, y nunca su rostro, porque escasean sus retratos. Muy serio, reconcentrado. Como fondo, en lo que seguramente es el local del Sindicato de Luz y Fuerza de Córdoba hay varios afiches, de esos que invitan a movilizaciones, o que convocan a homenajes.
Se trata de una conferencia de prensa donde Tosco está agradeciendo los esfuerzos de los trabajadores y el pueblo de Córdoba para forzar su liberación ocurrida algunos días atrás. Había estado preso de la dictadura de Onganía luego del Cordobazo por diecisiete meses y Amaya había actuado como su abogado, con una solidaridad y un compromiso que también expresó con los presos de Rawson, y en especial con los que fueran ominosamente fusilados en Trelew.
De pie, tapando los afiches de la pared, hay varios de sus compañeros, Felipe Alberti, Ricardo Murúa y Ramón Contreras, y el más tarde Senador de la Nación Hipólito Solari Yrigoyen, abogado y amigo de Tosco, que luego, también conociera los tormentos y el exilio provocados por la dictadura que se instala en 1976.
La escena tiene todo el clima de la época. La conferencia de prensa, en quietud, con la solemnidad y el silencio ambiente que supone, no solo transmite una noticia. Da cuenta de esfuerzos, de hechos concretos que modifican la realidad. Tiene el sentido del balance de lo realizado y el del impulso a nuevas acciones.
Lo que no se ve en la foto es la gente sentada delante de la mesa, seguramente un manojo de dirigentes sindicales y políticos acompañando la tarea de los trabajadores de prensa; muchos, seguramente habrán tenido problemas en difundir la información.
Tosco y Amaya comparten ese momento y más tarde compartirán sus destinos. El dirigente sindical encontrará la muerte luego de una penosa enfermedad en la clandestinidad, escapando de la Triple A, sabiendo que donde lo ubicaran lo iban a ejecutar, sin mas. Amaya no tuvo mejor suerte, desaparecido un tiempo, luego muere en Devoto, después de una salvaje sesión de tortura, que su salud quebrantada no pudo resistir.
fuente: http://lic-angelelias.blogspot.com/2009/03/agustin-tosco-y-mario-abel-amaya.html

MARIO ABEL AMAYA
por Gustavo Aramburu

El Gobierno de Argentina, por cablegrama de 22 de octubre de 1976 informó a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos lo siguiente:
La Dirección Nacional del Servicio Penitenciario Federal, informa, a través de su oficina de prensa que el día 19 del corriente a las 22 horas se produjo en el Hospital Penitenciario Central el deceso del detenido a disposición del Poder Ejecutivo Nacional Mario Abel Amaya.El interno había ingresado al citado nosocomio a efectos de ser tratado de una afección asmática crónica y de una afección coronaria localizada cinco años atrás.
La Comisión recibió con fecha 16 de octubre de 1977, la declaración de HIPÓLITO SOLARI YRIGOYEN.
En su declaración, en la parte pertinente, el Sr. Solari Yrigoyen expresa:
El diputado Mario Abel Amaya fue también detenido el 17 de agosto de 1976 en su domicilio de Trelew, provincia de Chubut y siguió las mismas alternativas de mi detención hasta que fuimos trasladados el 11 de setiembre de 1976 en un avión naval desde Bahía Blanca hasta la Base Aeronaval ‘Almirante Zar’ de Trelew y de ahí a la cárcel de Rawson.
Como consecuencia de los brutales torturas y castigos que recibimos en la Base y en la cárcel y de la falta de atención médica en los primeros días el diputado Amaya fue trasladado en gravísimo estado al hospital de la cárcel de Villa Devoto, en Buenos Aires, donde falleció el 19 de octubre de 1976.
Fue velado en la Funeraria de ese gran dirigente porteño LIBORIO PUPILLO, quien la ofrecio militantemente pese a los peligros que la situacion ofrecia.
MARIO ABEL AMAYA, un radical consecuente, defensor de los derechos humanos y victima de la dictadura.
Fuente: Nota de Facebook de G. Aramburu.

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